Un día, un cuervo halló un trozo de queso abandonado en el campo. Emocionado, voló hasta una rama alta para disfrutar de su botín. Desde allí, podía ver el paisaje y mantener su queso a salvo.

Un zorro que pasaba por el lugar notó al cuervo y su tentador trozo de queso. Decidió que debía encontrar una forma de hacerse con él.
“Buen día, amigo cuervo,” dijo el zorro con una voz melosa. “Eres un ave tan elegante y tus plumas brillan como el sol. No me extrañaría que también tengas una voz encantadora. ¿No cantarías una melodía para mí?”
El cuervo, halagado por los elogios, quiso impresionar al zorro con su canto. Abrió el pico y emitió un fuerte graznido, pero el queso cayó al suelo. El zorro lo atrapó rápidamente, se lo comió con gusto, y se fue sonriendo al ver que su truco había funcionado.
El cuervo, atónito, comprendió demasiado tarde que el zorro solo quería su queso y había usado los halagos para obtenerlo.
Moraleja: No confíes ciegamente en los halagos, pues podrían esconder intenciones egoístas.