Érase una vez un conejito muy trabajador que, en uno de sus paseos por el bosque, encontró una zanahoria dorada brillando bajo los rayos del sol.

—¿Quién desenterrará esta zanahoria? —preguntó el conejito.
—Yo no —dijo el zorro.
—Yo no —dijo el tejón.
—Yo no —dijo la tortuga.
—Entonces lo haré yo —dijo el conejito—. ¡Hop, hop!
Y desenterró la zanahoria.

—¿Quién lavará esta zanahoria? —preguntó el conejito.
—Yo no —dijo el zorro.
—Yo no —dijo el tejón.
—Yo no —dijo la tortuga.
—Entonces lo haré yo —dijo el conejito—. ¡Hop, hop!
Y lavó la zanahoria hasta que brilló más que antes.

—¿Quién cocinará esta zanahoria para hacer una sopa? —preguntó el conejito.
—Yo no —dijo el zorro.
—Yo no —dijo el tejón.
—Yo no —dijo la tortuga.
—Entonces lo haré yo —dijo el conejito—. ¡Hop, hop!
Cocinó la zanahoria y preparó una deliciosa sopa dorada.

—¿Quién se comerá esta sopa? —preguntó el conejito.
—Yo —dijo el zorro.
—Yo —dijo el tejón.
—Yo —dijo la tortuga.
—No, me la comeré yo —dijo el conejito—. ¡Hop, hop!
Y se comió toda la sopa solo.
Moraleja: Quien no ayuda en el proceso, no debe esperar compartir en el resultado.